Manuel Usandizaga Calparsoro
Manuel Usandizaga Calparsoro

En la primera infancia, entre vacunas, revisiones y unos cuantos problemas leves, catarros, otitis y diarreas incluidos, un niño visita muy a menudo a su pediatra. Una vez superada esa época, es muy probable que las embarazadas sean los individuos sanos o con un razonable buen estado de salud, que más a menudo van al médico. Eso tiene indiscutiblemente un riesgo, porque no siempre es cierto que cuantas más pruebas te hagan mejor van a ir las cosas. Hoy en día, al pensar en buscar enfermedades en personas aparentemente sanas, no puede perderse de vista que además de estudiar los posibles beneficios, hay que considerar los riesgos que pudieran correrse. Hay algún refrán que relaciona el infierno con las buenas intenciones y que puede aplicarse a la búsqueda de enfermedades en individuos sanos.

 

Al principio del embarazo suele pretenderse establecer si realmente la gestante es una persona sana o si hay alguna enfermedad que ella desconoce. Más tarde el acento suele ponerse en diagnosticar precozmente enfermedades causadas por el embarazo o anomalías de la propia gestación.

 

Hay que reconocer que en el calendario de visitas que se hacen a una embarazada hay un cierto grado de arbitrariedad, que intenta compensarse relacionando la frecuencia de las visitas con la pruebas que deben hacerse. La idea general es un promedio de algo más de una visita al mes, pero con una frecuencia creciente a lo largo del embarazo.

 

La duración del embarazo decimos que es de 280 días, 40 semanas contadas desde el primer día de la última regla. Lo habitual es vernos una vez al mes, aumentando la frecuencia de las visitas al final del embarazo. Una secuencia típica sería:

 

semanas 6 a 7, 11 a 12, 16 a 18, 23 a 24, 28 a 29, 33 a 34, 37, 38 y 3 días, 40, 41, 41 y 3 días.

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Manuel Usandizaga Calparsoro