Manuel Usandizaga Calparsoro
Manuel Usandizaga Calparsoro

     Al principio del embarazo, después de una primera visita en la que se ha confirmado la gestación y se ha comprobado con una ecografía que la implantación del embrión ha sido dentro del útero, algunas mujeres van a presentar un episodio de sangrado vaginal. Es algo inquietante, porque no sabemos cuál va a ser la evolución del problema. Si el sangrado no es muy intenso y sobre todo, si no se asocia con dolor lo que tenemos es lo que se llama una amenaza de aborto.

 

     Hay que tener en cuenta que no conocemos exactamente la frecuencia con la que ocurren los abortos espontáneos, pero probablemente afectan a una de cada cuatro o una de cada cinco gestaciones, muchas veces en estadios tan precoces que prácticamente pasan desapercibidos. Las causas de los abortos son generalmente anomalías en el embrión que son incompatibles con la vida. Una idea que hay que combatir es que la embarazada por su actividad o comportamiento se haga responsable del aborto. Esto puede considerarse como absolutamente excepcional, aunque una enfermedad materna grave o un traumatismo, por ejemplo un accidente de tráfico con lesiones importantes, pueden jugar un papel en el desencadenamiento de un aborto.

 

     En una amenaza de aborto, la evolución puede ser hacia el cese del sangrado y la resolución del problema sin dejar ningún tipo de secuelas o hacia el aumento de la intensidad del sangrado, la aparición de dolores y finalmente la expulsión de los restos ovulares. En ocasiones persiste durante días el sangrado y en una ecografía se comprueba la falta de vitalidad o de crecimiento del embrión. Entonces se habla de un aborto retenido.

 

     Las posibilidades de tratamiento de una amenaza de aborto son muy limitadas. Hay que entender que en presencia de anomalías fetales, por ejemplo cromosómicas, ningún medicamento va a resolver el problema. A veces se recomienda el reposo, aunque no hay evidencias concluyentes de que sea una conducta útil, por lo que habría que limitarse a una restricción moderada de la actividad física.

 

     La conducta preferible ante la aparición de un sangrado al principio de la gestación, cuando ya se sepa que el embrión se ha implantado dentro del útero, es una disminución de la actividad proporcional a la intensidad del sangrado. Si éste es muy escaso, inferior a una regla, y el trabajo habitual no implica esfuerzos físicos importantes, ni siquiera vale la pena pedir la baja.

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Manuel Usandizaga Calparsoro